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Respeto por el vino

Respeto por el vino

Hace poco se ha vuelto a centrar la atención mediática en ese pasatiempo juvenil que es el botellón. A aquellos que hayan vivido en una cueva durante los últimos treinta años, o que simplemente su dominio del idioma sea limitado y no alcancen a entender el significado de esta expresión, les diría que paseen por algún parque en sábado por la noche y se acerquen a los grupos de jóvenes. Estarán reunidos en círculos alrededor de una bolsa de supermercado llena de bebidas alcohólicas, refrescos, vasos de plástico y hielo de gasolinera. Pues eso es.

Tengo que reconocer que yo no hace tanto fui uno de ellos, y no pretendo hacer apología o denostar esta costumbre. Es lo que se estila en ciertas etapas de nuestra vida, y como todo, tiene sus cosas buenas y malas. Es mi intención, sin embargo, tranquilizar a  padres y personas especialmente receptivas a las alarmas sociales que diariamente inundan periódicos y noticiarios. El respeto por las bebidas espirituosas termina calando en ellos, aunque muchos sigan siendo con el paso del tiempo un poco botarates y alocados, las experiencias que le esperan mostraran cual es la mejor manera para disfrutar de un buen caldo.

Al pasar los años, sin ser un gran entendido en la materia, si al menos demostré curiosidad por la cultura asociada al vino y la cerveza. Deje inmediatamente algunos licores por motivos de salud (léase: resacas del copón) y aproveche algunos viajes por Europa para dejarme llevar por las costumbres locales de cada país visitado. He bebido cervezas en Inglaterra, Bélgica y Alemania a las que recuerdo con gran cariño. He pasado tardes enteras en Madrid entre crianzasreservas y vinos de autor mientras probaba cual era la mejor manera de acompañarlos. Por último, también en la capital, tuve la suerte de vivir el alza de la corriente del gin tonic en bares de Malasaña. Todas estas bebidas, aunque de mejor calidad y en su correcta medida, dejaron de ser el centro de atención de los grupos que frecuento. Ahora ya los escenarios cambiaron, y rara vez es un parque donde nos reunimos, sino en las mesas de bares y tabancos.

Pero el más grato recuerdo de todas las experiencias que derivan del alcohol lo tengo en Jerez, la misma ciudad en la que arrasé el césped de los parques con botellones de instituto. Cuando volví con el tiempo, ya con la cabeza más templada, tuve la suerte de asistir a cenas de maridaje que el ayuntamiento organiza dentro del marco de las fiestas de la vendimia. Los mismos que nos reuníamos en su día alrededor de bolsas de supermercado, pero esta vez sentados en mesas perfectamente dispuestas de frente al enólogo encargado de la dirección, con 5 copas delante, y en cada una de ellas un vino de Jerez diferente, ordenados según su claridad. Fino, Amontillado, Oloroso, Cream,  Pedro Ximénez, perfectamente maridados con creaciones de un distinguido restaurante, y acompañados del sonido de una guitarra flamenca.

Al final, sin importar lo lejos que uno llegara para conocer el arte de beber, fue justo en el mismo punto de partida donde encontré los vinos que más disfruto. Ahora siempre encuentro una excusa para echar oloroso a un guisado, o servir una copita de Pedro Ximenez al familiar que viene de visita. Son realmente vinos con personalidad, y al beberlos y compartirlos quiero pensar que reflejan ese respeto que les tengo.

 

Posteado el 08/12/2016 Productos 0 848

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